La Laguna Negra adquirió notoriedad
al ser el paraje donde Antonio Machado ubicó a la leyenda de los Hijos de
Alvargonzález. A poco de llegar a Soria como profesor de francés, tuvo noticias
de que por tierra de pinares había unos parajes espectaculares, naturaleza
virgen, diametralmente opuestos al paisaje que había visto desde el tren, la
sobria estepa soriana de la que luego se enamoraría tan profundamente. Sus
amigos del “Círculo” enseguida organizaron una excursión con la intención de
ver la Laguna Negra, esa bella desconocida de la que se contaban un montón de
leyendas. Tomaron unas caballerías y se encauzaron Duero arriba por el antiguo
camino de la Muedra (lo que hoy es pantano). Hicieron noche en una posada,
contrataron a algún pastor como guía de monte, y dispusieron que a la mañana siguiente
subirían hasta los farallones de la laguna. Total, unas cuatro horas de camino.
Al amor de la lumbre seguramente hablaron de la laguna, y el pastor les iría
contando las leyendas que corren en torno a ella: que sus aguas son negras
porque es insondable, que está poblada por seres monstruosos, que cualquiera
que se atreva a violarla es objeto de una condena fulminante y voraz... ¿Qué
más necesitaba un poeta, para avivar su imaginación? No es extraño, pues, que
en sus poemas aparezca luego la Laguna Negra con ese halo mágico que encierra por
no tener fondo.La Laguna Negra es una laguna de origen glacial situada en la Sierra de los Picos de Urbión. En plena naturaleza, la esencia del entorno se impregna en tu piel y los colores ocres, naranjas y verdes lo invaden todo a tu alrededor, puedes sentir el crujir de la hojarasca bajo tus pies y escuchar el familiar canto de un ave que parece revolotear en un árbol cercano. Como su nombre indica posee unas aguas de una oscuridad llamativa y un halo de misterio ha girado siempre en torno a ella.
En la Literatura
La Laguna Negra adquirió notoriedad
al ser el paraje donde Antonio Machado ubicó a la leyenda de los Hijos de
Alvargonzález. A poco de llegar a Soria como profesor de francés, tuvo noticias
de que por tierra de pinares había unos parajes espectaculares, naturaleza
virgen, diametralmente opuestos al paisaje que había visto desde el tren, la
sobria estepa soriana de la que luego se enamoraría tan profundamente. Sus
amigos del “Círculo” enseguida organizaron una excursión con la intención de
ver la Laguna Negra, esa bella desconocida de la que se contaban un montón de
leyendas. Tomaron unas caballerías y se encauzaron Duero arriba por el antiguo
camino de la Muedra (lo que hoy es pantano). Hicieron noche en una posada,
contrataron a algún pastor como guía de monte, y dispusieron que a la mañana siguiente
subirían hasta los farallones de la laguna. Total, unas cuatro horas de camino.
Al amor de la lumbre seguramente hablaron de la laguna, y el pastor les iría
contando las leyendas que corren en torno a ella: que sus aguas son negras
porque es insondable, que está poblada por seres monstruosos, que cualquiera
que se atreva a violarla es objeto de una condena fulminante y voraz... ¿Qué
más necesitaba un poeta, para avivar su imaginación? No es extraño, pues, que
en sus poemas aparezca luego la Laguna Negra con ese halo mágico que encierra por
no tener fondo.
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